Del Brexit a la Europa a la carta

inglaterra

Ningún otro país tiene tantas excepciones en Europa como Gran Bretaña. Su primer ministro, David Cameron, se pavonea de no necesitar el euro y de no aplicar el espacio Schengen que permite la libre circulación de personas y mercancías. En 2014 consiguió reducir a 1.000 millones de euros el famoso cheque británico de retorno adicional a la UE y liquidarlo además en cómodos plazos.

Tras el acuerdo bendecido por Hollande, Merkel, Renzi, Rajoy y el resto de líderes europeos, Gran Bretaña podrá discriminar a los trabajadores comunitarios en función de su pasaporte para limitar aun más la inmigración. Ello, solo a cambio de que el primer ministro británico haga campaña por el SI en el referéndum convocado el próximo 23 de junio para evitar la salida de la UE. Al menos, el primer ministro británico no ha logrado la amenaza proferida hace dos años de expulsar a los europeos que no encuentren trabajo en el tiempo de seis meses.

Con el fingimiento que caracteriza su tradicional flema, Cameron llegó a afirmar nada mas lograr el acuerdo que “abandonar la Unión Europea otorgaría al Reino Unido una falsa ilusión de soberanía”, pero le restaría en la práctica poder y peso internacional. Tampoco tuvo reparo en añadir que “no tendríamos la capacidad de ayudar a nuestras empresas y asegurarnos de que no son discriminadas frente al euro. No podríamos presionar a los países europeos para que compartan información de fronteras y sepamos qué están haciendo los terroristas y criminales en Europa”, se sinceró el premier en una entrevista a la BBC.

Los derechos comunitarios tocados

Las concesiones a Londres permiten suspender las ayudas a los ciudadanos europeos a determinados complementos salariales, durante sus primeros siete años de trabajo en Reino Unido. También podrá ajustar las ayudas por hijo que le correspondan al trabajador al precio de la vida en el país de origen, en caso de no residir en el Reino Unido.

La medida, no retroactiva, se aplicará desde su aprobación a los recién llegados y, tras un periodo de transición hasta 2020, a los ya residentes en el país. El acuerdo quedaría sin efecto si el plebiscito británico es contrario a la UE. Otra ventaja para el Gobierno británico es la salvaguardia que permitirá a un Estado que no integre la moneda única aplazar políticas económicas de la eurozona o de la unión bancaria, si las considera una “amenaza” para sí.

Complacencia de los líderes

Como cualquier político que se precie, Cameron actúa con la prepotencia que le confiere la holgada mayoría absoluta de su gobierno.

Que se sepa, ningún dirigente europeo llegó a levantar la voz ni a aplicar el veto amenazador que pronosticó el primer ministro griego. La fumata blanca necesaria para aplacar hostilidades llego tras la bendición de Angela Merkel al considerar un “trato justo” el acuerdo con la Gran Bretaña. Hasta el presidente del Consejo, el polaco Donald Tusk, se atrevió a citar al ínclito Winston Churchil para recordar que en “periodos excepcionales -como crisis migratorias, económicas y otros conflictos geopolíticos- se necesitan acuerdos excepcionales”. Pelillos a la mar.

Del Bye Bye Cameron, al Cameron quédate

Lejos están los titulares de diarios alemanes hace apenas dos año como “Bye Bye Cameron” o el autocomplaciente “Aufwiedersehen Britain” del Telegraph, tras la amenaza de la canciller señalar la puerta de salida a los británicos de persistir en su empeño de fijar cuotas de inmigración y la adopción de un sistema de puntos para inmigrantes europeos.

Tanto el francés François Hollande como el italiano Matteo Renzi abogaron por una fórmula para permitir a la Unión avanzar y no romperse, pese a sus diatribas previas contra las bravuconadas del infiel ingles. En apenas cuatro meses sabremos si Cameron ha sido capaz de convencer a los nacionalistas euroescépticos y a los ministros de su propio gabinete que harán campaña por el Britain exit con el que Gran Bretaña quedaría comprometida y sus intereses en cuestión.

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