Populistas y xenófobos en el poder

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Es bueno que el ser humano aflore de vez en cuando la malicia y la hipocresía que lleva dentro. Sobre todo cuando forma parte de la clase política que llega al poder, cuyas decisiones repercuten en la inmensa mayoría de los ciudadanos a los que afecta en mayor medida la estulticia de sus acciones.

El perjuicio de conocer a los embaucadores aupados por el pueblo es que cuando nos queremos dar cuenta de sus desmanes ya han devastado gran parte de la sociedad. La verborrea de un energúmeno como Donald Trump ha delatado a tiempo a un desalmado que la democracia imperfecta de Estados Unidos podría otorgarle el mando nuclear.

Ejemplos de dictadores pseudodemócratas, sátrapas, tiranos, autócratas u opresores en ciernes abundan en el panorama internacional: Putin, El Assad, Erdogan, Maduro, e incluso Duterte, un psicópata hitleriano al que los filipinos han hecho presidente del país y que ya es conocido como el matón de los drogadictos.

La resquebrajada y vieja Europa, que hace aguas desde 2008, no le va a la zaga. Ha bastado una profunda crisis financiera, económica y de valores para catapultar a una cúpula populista que cercena a diario los derechos civiles en Estados como Polonia y Hungría. Los antiguos países del Este están comandados por dirigentes como Viktor Orbán y Beata Szydlo convertidos en campeones del ultranacionalismo más rancio y una peligrosa xenofobia que es preciso desterrar.

España, el despropósito nacional

En España, donde la democracia no funciona a gusto de todos, todavía tenemos a un líder deshonesto que ha destruido empleo, conculcado derechos sociales y empobrecido a la mitad de la población, empeñado en perpetuarse en el poder. Los errores de la oposición, la egolatría y el populismo cainita de sus líderes, junto a un nacionalismo esquizofrénico empeñado en imponer la secesión han conseguido dar un periodo extra para evitar la vergüenza nacional e internacional de unas terceras elecciones.

Gran Bretaña, la caza del inmigrante

De mayor gravedad, sin duda, es lo ocurrido en Gran Bretaña tras el travestismo del partido conservador en el poder que acaba de abrazar las ideas autoritarias de la ultraderecha de su país. Capitaneados por una primera ministra, Teresa May, que se resiste a pasar por las urnas, los tories han anunciado una caza del inmigrante sin precedentes que va desde la restricción de visados para estudiantes a la depuración de médicos y enfermeras comunitarios de los hospitales públicos.

Solo el rechazo del sector empresarial ha obligado a paralizar, de momento, la realización de listas de trabajadores extranjeros en todas las empresas británicas. La ministra de Educación, sin embargo, ha asegurado que el Gobierno podría requerir aún esa información, “a título confidencial y para identificar los sectores” que a corto plazo podrían requerir una mayor mano de obra.

¡UK, first!

El mal está ya inoculado. El eslogan ¡UK, first! se ha extendido por todo el Reino Unido como un reguero de pólvora. Es lamentable constatar cómo ha emergido el odio y la xenofobia en un país que lo combatió 70 años atrás. Sus dirigentes actuales han reactivado el virus. Churchill se avergonzaría de un personaje como May que nunca ocultó su admiración por Margaret Thatcher, la primera ministra que privatizo todos los servicios públicos del país y defenestró a los sindicatos. La sima abierta en el Canal entre el Reino Unido y sus hasta ahora socios comunitarios es consecuencia de la enajenación de un primer ministro –Cameron– que pasará a la historia por haber prendido la mecha de un referéndum para sacar a su país de la Unión Europea, del que aunque tarde se arrepintió.

El pulso entre el chauvinismo chulesco de la quinta potencia del mundo y el mayor mercado económico del orbe se decidirá en las instituciones de Bruselas. Las impertinencias de Londres, que asegura ahora no necesitar nada del continente, ha conseguido cerrar filas y unir a los líderes comunitarios. Londres debe pagar un precio y no habrá negociación, ni siquiera informal hasta que la primera ministra active la desconexión, aseguran tanto Merkel como Hollande.

El desplome de la libra y el turismo en España

De lo mucho que está en juego da idea el desplome de la libra superior al 15% desde el referéndum. Las exportaciones británicas a Europa suponen el 45% del total, mientras las de la UE al RU solo alcanzan el 10. Las relaciones entre Reino Unido y España ascienden de manera conjunta a 55.000 millones de euros. En 2015 la relación comercial entre ambos países fue favorable a España por noveno año consecutivo. Nuestro turismo, el sector por excelencia, superó los 15 millones de británicos que nos visitaron el año pasado. Se gastaron en torno a 14.000 millones de euros, el 21% del total de ingresos turísticos en España. Por el contrario, en nuestro país viven 750.000 británicos, la mayor parte jubilados, que ven con preocupación su futuro y la sanidad, por la que el RU pagó 285 millones el pasado año.

Ojalá que dentro de poco no tengamos que renombrar a la sucesora de Thatcher, la famosa Dama de Hierro, como la Generalísima, la que reconstruyó el Muro de Adriano y lo trasladó a las aguas del Canal de la Mancha. La geógrafa convertida en primera ministra Teresa May ya es conocida en su entorno por su astucia y su dureza.

 

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